El Presidente y el artista, fuegos que queman
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Por Jorge Eduardo Simonetti*
“Que gran artista pierde el mundo conmigo”
Nerón
Entre las llamas y el humo de los bosques de Chubut y el brillo y el sonido de los escenarios de Mar del Plata, el presidente eligió esto último. Todo un símbolo en la Argentina de la tercera década del siglo. Dos mil años después, Nerón se hace presente vestido de Milei y Popea de Fátima. Patético.
Los incendios en Chubut y la reacción escasa y tardía del gobierno nacional, describen no sólo la ineficiencia del gobierno nacional en el auxilio de una catástrofe ecológica, sino una gestión editada conforme al modelo de país que quiere imponer, construido en base a una escala de valores en la que la solidaridad humana se encuentra peleando los últimos puestos.
Los gestos y las imágenes, a veces, valen más que mil palabras o cantos desafinados y decretos tardíos. No se trata de que la solución viniera de la mano de un presidente solidario, que se cargara el desastre en tiempo y forma. No. Probablemente, la situación ígnea hubiera sido la misma.
Se trata de mostrar a los esforzados brigadistas, a los habitante de la zona, a todos los ciudadanos, que en nuestro país la escala de valores no está dada vuelta, que las personas siguen importando más que los escenarios, que los desastres ecológicos y humanitarios cotizan un poco más que un cobre ahorrado en la partida correspondiente del superávit presupuestario.
Hay imágenes que la historia no logra borrar. Nerón, según la tradición, tocando la lira mientras Roma ardía. A su lado, Popea. Música, canto, puesta en escena. Detrás, la ciudad convertida en brasas. Quizá no haya ocurrido exactamente así. Pero la potencia simbólica del cuadro sobrevivió dos mil años. Porque resume algo más profundo que un hecho: el divorcio obsceno entre el poder y la tragedia.
“Los gestos e imágenes suelen valer más que mil discursos en el campo político. Las llamas y el humo en Chubut, contrastando con el brillo y las luces del escenario marplatense”
En la Patagonia, especialmente en Chubut, hace más de un mes que el fuego avanza como un animal sin dueño. Miles de hectáreas consumidas. Casas quemadas. Familias evacuadas. Bosques que tardarán décadas en volver a respirar. Y, en el frente de batalla, los mismos de siempre: vecinos, brigadistas, bomberos voluntarios, gente común peleando contra algo inmenso con recursos mínimos y coraje máximo.
El Estado nacional, mientras tanto, en otra escena.
No se trata de un incendio más. Es una catástrofe ambiental, social y humana de gran escala, que demanda actuación inmediata y recursos extraordinarios.
Pero el presidente estuvo en el exterior gran parte de ese tiempo. Y cuando regresó, la postal que eligió no fue la de la Patagonia humeante sino la de un escenario marplatense, cantando junto a Fátima Flórez.
La escena, sin quererlo, adquirió una dimensión histórica involuntaria. Mientras la Patagonia se quema, el presidente canta.
La coincidencia con la imagen de Nerón es tan fuerte que deja de ser metáfora para transformarse en símbolo político. No porque la historia sea idéntica, sino porque el mensaje que transmite es el mismo: el poder ausente de la tragedia real y presente en la representación.
“Tal como en Bahía Blanca y ahora en Chubut, el gobierno libertario demostró que la gestión en el terreno no es lo suyo. Prefieren ámbitos más recoletos, dónde el esfuerzo está en la saliva que se gasta”
En política, los símbolos importan más que los discursos. Y este símbolo fue devastador. Porque mientras los bomberos voluntarios duermen dos horas por día, mientras la gente arma cadenas humanas para salvar lo poco que queda, mientras el fuego entra en zonas pobladas, la máxima autoridad del país elige mostrarse cantando.
La Patagonia no necesita canciones. Necesita aviones hidrantes, coordinación federal, fondos de emergencia, presencia en el terreno y conducción política. Necesita Estado. Pero el Estado, en esta escena, parece estar en el teatro.
Y ahí aparece el verdadero núcleo del problema. No es solo la anécdota del canto. Es la concepción de gobierno que revela, de un Estado ausente y de un gobernante insensible.
El fuego continúa, y en la primera línea siguen estando los mismos. Los que no cantan, no posan, no bailan: ofrecen el cuerpo para la tragedia.
Ellos no necesitan metáforas históricas. Están demasiado ocupados tratando de que la historia no se siga quemando.
Patético: dos mil años después, se repite el divorcio obsceno entre el poder y la tragedia.
*Legislador mandato cumplido.






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