Historia, desarraigo y pertenencia: César Florentín y una reflexión profunda sobre la identidad chamamecera
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César Facundo Florentín, abogado e historiador, entrevistado por la profesora de Historia Lorena Penayo, en el programa Historias Para Contar, emitido por LT7 AM 900, planteó en su intervención una reflexión profunda sobre el chamamé como expresión cultural inseparable de la noción de identidad. Desde una mirada filosófica e histórica, afirmó que en los últimos tiempos una idea lo interpela de manera constante: “Últimamente una palabra anda surcando mi mente que es la palabra de identidad”. A partir de esa inquietud, propuso pensar el chamamé no solo como música o danza, sino como una construcción colectiva que otorga presencia, sentido de pertenencia y singularidad a una comunidad en un territorio determinado.
Florentín sostuvo que la identidad no puede ser reducida a una definición cerrada ni a una fórmula única, ya que se trata de un concepto amplio, atravesado por múltiples elementos culturales, históricos y simbólicos. En ese sentido, explicó que “no podríamos encapsular el concepto de identidad chamamecera” en pocas frases, porque se conforma a partir de capas sucesivas del pasado, del presente y de las proyecciones hacia el futuro, que en conjunto diferencian a una cultura de otras.
El historiador señaló que la identidad chamamecera se manifiesta en gestos cotidianos, en modos de hablar, de moverse y de transmitir mensajes que tienen un origen histórico profundo. Según expresó, esas formas no surgen de manera espontánea, sino que “viene de larga data”, como resultado de procesos históricos que moldearon una sensibilidad particular en el Litoral y, especialmente, en Corrientes.
Al ampliar ese marco, Florentín vinculó la construcción identitaria local con los grandes procesos revolucionarios que transformaron el mundo occidental a partir del siglo XVIII. Al mencionar las revoluciones de Francia, Italia y Norteamérica, indicó que esos cambios en los paradigmas políticos y sociales “tarde o temprano iban a llegar a estas tierras”, impactando en el sur de Brasil, Paraguay y el actual territorio correntino, entonces bajo dominio de la corona española.
Ese contexto, explicó, es clave para comprender cómo se fue configurando una conciencia histórica propia en la región, distinta a la de otros centros coloniales como Buenos Aires. En su análisis, Florentín destacó que las condiciones sociales y políticas locales dieron lugar a una identidad diferenciada, con raíces más profundas en experiencias comunitarias que en estructuras centralizadas de poder.
MISIONES, GUARDANÍES Y CONCIENCIA HISTÓRICA
Uno de los ejes centrales de su exposición fue el papel de las Misiones Jesuíticas en la formación histórica y cultural del Litoral. Florentín aclaró que no se refería exclusivamente a la actual provincia de Misiones, sino a un territorio más amplio cuya administración no dependía directamente de la autoridad real, sino de la organización jesuítica. Esa particularidad, afirmó, generó “toda una conciencia histórica” distinta a la de otras regiones coloniales.
El historiador remarcó que, hacia comienzos del siglo XVIII, la población de las Misiones Jesuíticas superaba ampliamente a la de Buenos Aires, lo que da cuenta de la relevancia demográfica y social de ese espacio. Aunque reconoció no contar con cifras precisas en ese momento, mencionó estudios históricos que analizan la composición poblacional de la región y subrayó la magnitud de aquellas comunidades organizadas en reducciones.
Florentín explicó que la disolución de las Misiones fue consecuencia directa de los procesos independentistas y de la conformación de los nuevos Estados nacionales en Brasil, Uruguay, Argentina y Paraguay. Ese territorio, antes unificado, “fue desapareciendo, fue desmembrado por pedacitos”, dejando comunidades dispersas que buscaron refugio en distintas zonas, como el Iberá, o que dieron origen a pueblos que aún perduran.
En el caso de Corrientes, mencionó específicamente a Loreto y San Miguel como ejemplos de asentamientos formados por guaraníes misioneros que, con el tiempo, solicitaron su incorporación a la provincia. Florentín destacó el valor simbólico de ese proceso, al señalar que existen actas históricas —según se afirma, redactadas en guaraní— que testimonian la voluntad de esas comunidades de integrarse a una jurisdicción estatal sin perder su identidad.
Ese recorrido histórico, sostuvo, dejó una marca profunda en la identidad chamamecera contemporánea. Según sus palabras, se trata de una identidad atravesada por la experiencia del desarraigo y la búsqueda constante de pertenencia: “Todavía estamos pidiendo a muchos que somos personas que venimos de un desarraigo, y que de a poco nos vamos instalando en un lugar, pero ese desarraigo siempre está latente”.
Florentín subrayó además que el encuentro entre los guaraníes y los jesuitas constituyó una experiencia singular en la historia americana. A diferencia de otros procesos de conquista, afirmó que no se trató de un encuentro traumático basado en la violencia y la imposición, sino de un espacio de intercambio donde “ambos compartían la visión, el trabajo, la cultura, el arte”, dando lugar a un crecimiento espiritual y cultural compartido.
CHAMAMÉ COMO EXPRESIÓN VIVA DE IDENTIDAD
Desde esa perspectiva histórica, Florentín abordó la dificultad de definir de manera única qué es el chamamé. Afirmó que no existe una sola definición válida, ya que el chamamé está íntimamente ligado al proceso de autoconocimiento colectivo. “Primero tenemos que conocernos, conocernos de una u otra forma, qué somos, de dónde venimos”, expresó, al destacar la dimensión introspectiva de esta expresión cultural.
En su reflexión, vinculó el chamamé con elementos del inconsciente colectivo, citando referencias literarias y filosóficas para explicar que hay aspectos de la identidad que no pueden ser comprendidos únicamente desde la razón. En ese marco, señaló que esa herencia profunda, transmitida de generación en generación, permite afirmar distintas definiciones poéticas del chamamé, todas válidas en tanto expresan una misma raíz identitaria.
Florentín ejemplificó esa diversidad de miradas al mencionar definiciones que lo describen como una relación espiritual o como un espacio de encuentro comunitario. En todos los casos, subrayó, el núcleo común es la identidad, entendida como vínculo con lo sagrado, con los afectos y con la memoria compartida. “En el fondo está eso, esa identidad”, afirmó.
Al referirse a su experiencia personal, el historiador relató cómo el chamamé formó parte de su vida cotidiana desde la infancia, en encuentros familiares donde la música, el acordeón y la celebración colectiva eran centrales. Para Florentín, esas vivencias sintetizan el sentido profundo del chamamé como práctica viva que se transmite en el ámbito familiar y comunitario.
Finalmente, destacó la vigencia actual del chamamé y la importancia de su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Consideró que ese proceso fue el resultado de una política cultural acertada y valoró especialmente la participación de las nuevas generaciones. Según expresó, “los jóvenes son verdaderamente los que van a hacer el trabajo más lindo del chamamé”, al acercarse a esta expresión con respeto, estudio y orgullo, garantizando su continuidad y proyección futura.






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